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Dopaje tecnológico, ya no solo se persiguen sustancias

13 agosto, 2020 | Ricardo Valdivia

Si mejorar el rendimiento físico con sustancias dopantes no fuera suficiente, hace ya unos años, y huyendo de los controles antidopajes, se ha comenzado a dopar al implemento y no al atleta.

Dopaje tecnológico.
Dopaje tecnológico. Foto: Score Magazine

Si mejorar el rendimiento físico con sustancias dopantes no fuera suficiente, hace ya unos años, y huyendo de los controles antidopajes, se ha comenzado a dopar al implemento y no al atleta.

“Jamás he tomado sustancias dopantes”. Declaró en múltiples ocasiones Lance Armstrong cuando se le acusó de que sus títulos en el Tour de France eran producto de la química que ingresaba a su cuerpo y no del esfuerzo limpio. Luego de siete victorias en la prestigiosa carrera gala, se comprobó que sus declaraciones eran falsas. El doping había sido parte de su éxito. Lo curioso es que hoy, algún ciclista podría declarar lo mismo, ser cierto, y aún así, estar jugando sucio. El dopaje ya no solo es a atletas, es también al equipamiento.

Una caída del ciclista canadiense Ryder Hesjedal, captada en video durante La Vuelta —nombre que recibe la vueta a España— en 2014, llamó la atención de muchos al ver que la rueda trasera de su bicicleta continuaba girando misteriosamente casi como poseída y obedeciendo menos a las leyes de la física que el escudo del Capitán América. Este inusual hecho se repitió en otras ocasiones con otros ciclistas, lo que hizo que se encendieran las alarmas. La idea de que la trampa no solo iba al torrente sanguíneo de los competidores sino también a sus bicicletas era un hecho.

Chris Boardman, antiguo ciclista devenido en fabricante de bicicletas demostró a la Unión Ciclística Internacional (UCI) que es posible esconder un pequeño motor que brinda un 40% de potencia extra al usuario. Un claro caso del llamado dopaje tecnológico.

"Dopar" la bicicleta
Infografía: Ricardo Valdivia

Pero hechos similares han ocurrido en otros deportes. El más sonado fue cuando en 2010 la FINA prohibió los trajes de poliuretano que destrozaban las marcas vigentes en aquel entonces como si fuesen récords impuestos por nadadores aficionados. Los estudios demostraron que, estos súper trajes impermeables, creaban una especie de capa de aire y burbujas entre su superficie y el agua, lo que mejoraba en gran medida la flotbilidad de los atletas.

La fina línea entre innovación y trampa
Pero, además de claros casos como el de incluir un motor en una bicicleta, ¿cómo definir cuándo hay dopaje tecnológico y cuándo no? La línea es muy delgada, y en muchas ocasiones se pierde. La desigualdad entre el poder de las naciones lo puede definir, a tal punto que el Reino Unido llegó a gastar más de 4 000 euros diarios para que que Lucy Hall, la estelar trialtleta, pasara tiempo refinando su postura sobre la bicicleta en el túnel de viento, como preparación para los Juegos Olímpicos de Londres 2012. ¿No les suena también el éxito del equipo de ciclismo británico en pistas? Lo triste del caso es que no todos los atletas compiten en igualdad de condiciones, les aseguro que no todos pudieron permitirse un día en un túnel de viento. La diferencia del poder económico entre naciones no se tiene en cuenta, pero existen ventajas que se traducen en resultados.

A fines de 2019, el keniano Eliud Kipchoge se convirtió en el primer humano en recorrer los 42 km con 195 m de una maratón en menos de dos horas. En Viena, el estelar corredor paró el cronómetro en 1 hora, 59 minutos y 40 segundos. Aún cuando es cierto que se le prepararon condiciones óptimas y recibió ayuda externa —razones por las cuales la marca no será reconocida como oficial—, no deja de ser un logro que resultaba impensable hace unos años. Dos días después, esta vez en Chicago, Brigid Kosgei, maratonista keniana, destrozó la marca que por 16 años había regido como intocable en el maratón femenino. Bajó en ¡MÁS DE CUATRO MINUTOS! aquel récord para dejarlo en 2 horas, 14 minutos y 4 segundos. El tiempo resultó de escándalo, llegando a mejorar  la marca nacional masculina de 150 países.

Caso de los tenis Nike
Infografía: Ricardo Valdivia

Lo que llamó la atención es que ambos corredores tenían algo en común, más allá de su nacionalidad, era el calzado: las Vaporfly (Kosgei) y las Alphafly (Kipchoge) de Nike hechas a la medida. Unas zapatillas deportivas que según su fabricante prometió, y desde ya les digo que cumplieron, mejoraba la economía de la carrera en un 4%, o sea, la energía que se empleaba a una velocidad determinada. El secreto de las Vaporfly, según sus creadores, radicaba en la capa de fibra de carbono instalada en su zuela de espuma gruesa, la que ayudaba a impulsar a los corredores hacia delante.

Un grupo de atletas se quejó a la IAAF y el organismo tomó medidas. En febrero de este año la World Athletics (WA) —nombre que presenta hoy la antigua IAAF—, publicó una lista de calzados permitidos para correr, así como hace la Agencia mundial Antidopaje (AMA) con la lista de sustancias prohibidas que publica anualmente. La WA prohibió los prototipos de calzados, o sea, no serán excluídas las Vaporfly, pero sí los prototipos con mejoras, com las que usaron los kenianos.

Según el comunicado de la organización: “ Desde el 30 de abril de 2020, toda zapatilla deberá ser accesible a la compra para cualquier atleta en el mercado deportivo online o físico, durante un período de al menos cuatro meses antes de que pueda utilizarse en una competición”. Una decisión justa para todos los competidores, pero el récord de Kosgei, se mantiene oficial.

La realidad
¿Quién dijo que la vida era justa, y quién dijo que el deporte no es un reflejo de esta? Por más que las organizaciones que rigen las disciplinas y sus competiciones a nivel mundial intenten aplicar las normas, el señor dinero manda. Los beneficios para marcas, patrocinadores y atletas de lograr una buena actuación son enormes. Y casi puedo afirmar que “doparse tecnológicamente”, en muchos casos es mejor visto que hacerlo con sustancias.

Quizás estos órganos rectores vivan a la zaga de algún gran récord, investigando por un lado si fue a causa de algún compuesto milagroso suministrado al interior del cuerpo del atleta, o de alguna prenda de vestuario que otorgó una ventaja al competidor sobre el resto.

Algo está claro, una vez iniciado, no se perciben frenos y la interrogante se mantiene: ¿Dónde termina la innovación y comienza el dopaje tecnológico? La respuesta puede pasar por muchos juicios y la mayoría quizás subjetivos.

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