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Nápoles y Maradona

16 diciembre, 2020 | Alejandro Besada

La historia de Nápoles y su amado club, no se puede escribir sin mencionar al Diego, el más grande ídolo, que marcó la mejor etapa de la institución

Maradona siempre estará, oficialmente, formando parte del Napoli.
Maradona siempre estará, oficialmente, formando parte del Napoli. Foto: Score Magazine

El pasado 4 de diciembre el estadio San Paolo, coliseo de Nápoles, se convirtió oficialmente en el Stadio “Diego Armando Maradona”. La propuesta del alcalde de la ciudad, Luigi di Magistris, aprobada por unanimidad por el ayuntamiento, ha sido el mayor tributo de los tifosi a la memoria del Pibe.

No obstante a ello, el San Paolo siempre fue de “El Diego”. Fue suyo desde el momento en que, aquel 5 de julio del 1984, en su presentación, las gradas se convirtieron en un amasijo de humanidad gritando “¡Dieeego, Dieeego, Dieeego!”. Y, también, desde el debut, en agosto, cuando en un amistoso ante River Plate, esa parcela de tierra napolitana quedó como monumento a un futbolista que no precisó su nombre en tarjas, terrenos de fútbol o templos para la fe maradoniana.

Diego, el ídolo de los pobres del sur
“El Diez” llegó a Nápoles desencantado del Barça y de España, que no habían sabido entenderlo, que olvidaban a los ídolos muy rápido. Salió de Barcelona como una bala perdida, marcado por las fiestas, la irresponsabilidad, la rebeldía, las lesiones y aquella pelea en la final de Copa del Rey.

En el sur de Italia lo recibieron anhelantes. Ellos también habían sido dejados, abandonados e infravalorados por el norte. Eran la ciudad rebelde, la oveja negra que no gustaba a los vecinos de arriba.

Nápoles puso todas las esperanzas en “El Pibe de Oro” y este les retribuyó. Le devolvió la belleza y la dignidad a la antigua colonia griega. Encarnó una revolución futbolística, social y cultural a través de su arte. Porque el fútbol también puede ser arte, y vaya si Maradona sabía pintar los pases más bellos, como con la mano de Dios; sacar oles de la hinchada cual director de orquesta; o moldear goles que serían icónicos.

Dos temporadas después de su llegada, el 10 de mayo de 1987, Napoli se coronaba con el primer Scudetto en 60 años de historia. Ese año, Diego marcó diez goles y avasalló a los grandes de Italia. Fue la revancha por la que tantos napolitanos habían rezado en la homilía de ese domingo.

Celebración luego de alcanzar el primer título liguero del Napoli
Soy Fútbol

El júbilo llegó a límites desconocidos. Toda la ciudad confluyó en el antiguo San Paolo. Mientras, Maradona y el equipo daban la vuelta de honor al campo, los tifosi se unían a ellos desde las gradas.

Como dijera este en su biografía “Yo soy el Diego”, lograr el título con el Napoli fue una victoria totalmente distinta de cualquier otra, incluso de la Copa del Mundo de 1986. El Scudetto del 87 fue trabajado desde abajo, creciendo poco a poco en un equipo humilde, que hacía poco luchaba por no descender, y una afición, que empujó y puso tanta garra como cualquier jugador en el terreno.

Para colmo de alegrías, ese año también ganaron la Copa de Italia, tercera del club, e hicieron un doblete histórico, (una bofetada en la cara a los vecinos de arriba) pues solo otros tres equipos lo habían conseguido: Inter, Juventus y Torino. Todos del norte.

Los demonios de “D10S”
En la temporada siguiente parecía que el Napoli volvía llevarse la liga, pero una mala racha de resultados hacia el final del torneo los relegó al segundo puesto. El pobre desempeño del equipo hizo sospechar a muchos de una supuesta venta del torneo, recelos que cayeron también sobre Maradona por sus vínculos con la camorra.

El romance con Nápoles no podría ser contado sin hablar de la otra vida de Diego. Allí surgió el Maradona más contradictorio, tanto humano como dios, santo con el balón en el pie, alma en pena y descontrolada lejos de este. Porque su mundo giraba alrededor de la bola, y cuando esta faltaba su órbita se volvía errática.

Fuera del campo, las tramas del negocio del fútbol, la prensa, las expectativas y esperanzas puestas en él, los idilios y las demandas de paternidad, lo rompieron, porque él también era persona, solo un Diego ante la presión y la exigencia que no todos pueden aguantar.

Y Maradona tampoco era tan fuerte como el mundo quería pensar. En el sur de Italia se abocó, de la mano de la mafia, a las fiestas, las drogas, el alcohol, las mujeres y los lujos. Lo dejaron vivir como quiso y después nadie pudo ponerle freno al declive.

El fuego que acabó con “El Pibe de Oro” se gestó en Barcelona, pero Nápoles lo alimentó, le dio fuerza para expandirse y terminar quemándolo hasta dejarlo sin piernas, sin magia, sin ganas.

Últimos años, la gloria europea y fin de la épica
En la temporada 88-89, fuera de los terrenos de fútbol la vida podía ser un desastre, pero dentro de estos el éxito y la gloria seguían favoreciendo a “El Diez”. Ese año, Napoli y Diego tocaron una de las cimas del fútbol europeo a nivel de clubes. Los días 3 y 17 de mayo disputaron, a doble juego, la final de la Copa de la UEFA (hoy Europa League), contra el Stuttgart de Jürgen Klinsmann.

Nuevamente, Maradona tiró del carro. Esta vez marcó tres goles (uno en la final) y dio ocho asistencias (tres en la final). Tras dos partidos en extremo cerrados y competitivos, el equipo napolitano venció por 5-4 en el global para llevarse a casa su primer y único título europeo.

Primer título continental del Napoli
Semana.com

Al año siguiente, el 29 de abril de 1990, Nápoles festejó el segundo Scudetto. Diego fue líder otra vez, con 16 goles y 11 asistencias. Como paladín de los débiles, de la gente del barrio, volvió a imponerse a los poderosos del norte, AC Milan, Inter, Juventus, con sus equipos plagados de estrellas.

De nuevo, la homilía del domingo, la vuelta olímpica al San Paolo, la fiestas que duraron días. Nápoles volvió a lo más alto de Italia de la mano de “D10S”.

En su última temporada, Maradona dio a Nápoles la Supercopa de Italia, el quinto título desde su llegada y el cierre de la época más gloriosa del club y quizá de la Nápoles moderna.

Unos meses después, sería seleccionado para un control antidopaje, pero esta vez ya no contó con la ayuda de la mafia para “pasar limpio”. Dio positivo por cocaína y la Federación italiana lo sancionó por quince meses. “El Diez” no volvería a jugar para Napoli, y cómo lo extrañó la ciudad, hasta 2011 no ganarían otro trofeo.

Durante siete años (1984-1991) y 259 partidos, Maradona anotó 115 goles (mejor promedio de goles hasta la actualidad) y dio 78 asistencias. A su alrededor levantó un equipo con tanta garra como fútbol.

Pero Diego trascendió el balompié. Se convirtió en “el ídolo de los pibes pobres de Nápoles”, como él quería. Se encargó de ponerlos en el mapa, de devolverles la esperanza y la dignidad, de combatir los prejuicios y la discriminación que sufrían por parte de sus compatriotas.

Los aficionados dejaron ofrendas en las afueras del estadio tras la muerte de Diego
France 24

La historia de la Nápoles actual no podría contarse sin él. La ciudad entera es un culto a su memoria; pero entre los altares al santo “Pibe de Oro” que adornan la antigua colonia griega, los tifosi han dado a Diego Armando Maradona el mejor templo posible: un terreno de fútbol, donde juegue por toda la eternidad.

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